Bienaventurados los que lloran



En el mundo actual, mal llamado post moderno porque, a la luz del Evangelio, “no hay nada nuevo debajo del sol”, hablar del pecado, del infierno, de las obras de las tinieblas y de la carne es prácticamente ser tachado de retrogrado, inculto, pasado de moda e intolerante. Lamentablemente, junto con lo anterior han salido por el mundo “falsos evangelios”, “falsos maestros”, “falsas teologías” y “falsas iglesias”, que han cambiado, modificado y tergiversado el mensaje de Jesucristo para hacerlo más agradable al oído humano. Al igual que una empresa, su objetivo es alcanzar un alto número de feligreses y obtener beneficios económicos.


Ante ello, a mensajes como las bienaventuranzas se le han dado interpretaciones tan humanistas y adecuadas al paladar del consumidor que no preservan el sentido original de las palabras de Jesús. Frente a esto, como exponentes del Evangelio, debemos denunciar y exponer estas tergiversaciones para advertir a los nuevos creyentes.


El mensaje del Sermón del Monte expuesto por Jesús, nuestro Maestro y Señor, es un mensaje radical. Es contracultural, tanto para sus discípulos en la época en que fue pronunciado, como para nosotros hoy en día. Este mensaje es contrario a nuestro corazón orgulloso, vanaglorioso, y autosuficiente. Dios, por medio de Jesús, nos confronta en las palabras de las bienaventuranzas, así como confrontó a sus discípulos.


Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Mateo 5:4

Jesús entrega un mensaje contrario a toda expectativa humana. El mundo, en su afán hedonista, se esfuerza y trabaja para nunca pasar necesidad, siempre estar entretenido y ser feliz, nunca llorar o estar triste. Sin embargo, Jesús dice lo contrario: Bienaventurados, “felices” son los que lloran. Lucas, en su evangelio, lo registra así:


¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis. Lucas 6:25-b

Es un mensaje contrario a las expectativas, al igual que la primera bienaventuranza, que estudiamos la semana pasada. El mensaje “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, iba en contra de todas las expectativas del orgullo imperante en los religiosos de esa época, y quienes erróneamente asumieron que el reino de los cielos era para todos aquellos que habían alcanzado grandeza o tenían estatus por sus propios esfuerzos. Sin embargo, Jesús les confronta, señalando que mientras no reconozcan su bancarrota total, nunca alcanzaran el reino de los cielos.


En ese mismo sentido Jesús pronuncia esta paradoja espiritual: “Felices los que lloran”. La esperanza en que descansaban ellos era que Jesús, cual rey y mesías esperado, empleara palabras de victoria, tal y como las escuchaban en su entorno, y les dijera que terminaría la opresión de los Romanos, pues la historia de Israel había sido de opresión desde los tiempos de Egipto. Ellos esperaban palabras que inflaran su orgullo nacional, y que se les prometiera que toda su opresión al fin terminaría.


Jesús, sin embargo, cual médico del alma, nos muestra el corazón del Evangelio y la necesidad del ser humano. Él vino a salvar a los pecadores, por lo que trata primeramente con el pecado en sus corazones.



El mensajero y los receptores


No olvidemos que Jesús expresa aquí uno de los mensajes más gloriosos de su vida terrenal. Él hablaba como quien tenía autoridad. Sus Palabras traspasaban los corazones de sus discípulos. El mejor predicador de la historia estaba en frente de ellos, y las palabras celestiales pronunciadas por los labios del propio Hijo de Dios describían las características de los verdaderos ciudadanos del cielo, siervos del Reino y esclavos del Rey.


Jesús estaba inaugurando el Reino de los Cielos, porque Él estaba ahí. Porque allí dónde está Jesús, está el Reino de Dios. En ese sentido, el evangelista Mateo quiere dejarnos claro que Jesús es el Rey esperado por Israel, y este Rey estaba comenzando a predicar el mensaje del arrepentimiento.


Jesús era el verdadero Rey, el Rey de entre los reyes. Sin embargo, este rey era diferente a todos los reyes que habían existido hasta ese entonces. Este Rey era el verdadero Hijo de Abraham, de Isaac y de Jacob, el verdadero Hijo de David, el verdadero heredero del Trono. Este rey era el verdadero Moisés, el verdadero Israel, el verdadero hombre y verdadero Dios, nuestro Emanuel, nuestro Dios con nosotros.


Él es quien sube al monte y se sienta, para que, desde ese lugar y desde esa posición, desde lo alto y reinando, pronuncie estas palabras. Y así como Moisés fue el profeta enviado de parte de Dios y delante de Dios para hablar a Su Pueblo y entregar la Ley, aquí Jesús, el verdadero Moisés, estaba pronunciando la Ley del Reino y explicándonos el corazón de Su Ley con autoridad. Y, de hecho, cuando termina el Sermón del Monte, la Escritura dice que la gente se admiraba de su doctrina, porque enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.


Jesús dice: “Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados” ¿Qué es lo primero que se nos viene a la mente, cuando hablamos de lágrimas? La Escritura dice, en Eclesiastés 3, que “todo tiene su tiempo”, y en el versículo 4 dice que también “hay tiempo para llorar”. Llorar no es malo. Quizás a muchos de nosotros se nos enseñó muy mal, diciendo que los hombres no lloran, y con eso se fue generando en nosotros una inhibición a derramar lágrimas, endureciendo nuestros corazones frente a situaciones sensibles. Derramar lágrimas es el pulso natural que indica que estamos vivos, que tenemos emociones y sentimientos.



Lágrimas naturales


Las Escrituras hablan de diferentes tipos de tristezas o lágrimas. Encontramos un sinfín de ejemplos de aquello. Uno de ellos es que Abraham lloró de manera justificada cuando su esposa murió. Estas fueron lágrimas de profunda aflicción por la pérdida de un ser amado.


En los Salmos también leemos al salmista en un profundo estado de desconsuelo, hasta el punto de derramar lágrimas de tristeza, cuando declara:


Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? Salmos 42:1-3

También en el Nuevo Testamento vemos a Pablo derramando lágrimas de nostalgia en medio del desanimo al recordar a su hijo espiritual, Timoteo. Pablo, en su segunda carta a Timoteo, dice:


Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día; deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo. 2 Timoteo 1:3-4

Recordemos un profeta del Antiguo Testamento, Jeremías, quien ha sido llamado “el profeta llorón”. Jeremías había sido llamado para predicarle a Israel sobre el juicio estaba por venir. Y el mensaje mismo de Dios provocó que el profeta se convirtiera en un río de lágrimas. Este mismo profeta es quien escribió el libro de Lamentaciones. Su vida era un continuo torrente de lágrimas. Jeremías lloraba por los juicios de Dios.


¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo! Jeremías 9:1

En el capítulo 9 del evangelio de Marcos leemos el relato de un padre quien derramaba lágrimas por su hijo, que estaba poseído por un demonio. Este padre le pidió a Jesús que hiciera algo por su hijo. Jesús le dijo: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible”. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: “Creo; ayuda mi incredulidad”. Estas fueron las lágrimas de amor de un Padre por su hijo.


En el capítulo 7 del evangelio de Lucas conocemos el relato de una mujer que fue a la casa de un fariseo donde estaba Jesús. Esta mujer llevó consigo un frasco de alabastro con perfume. Ella regó los pies de Jesús con sus lágrimas y los lavó con su cabello. Los discípulos entonces cuestionaron por qué Jesús permitía que esta mujer hiciera eso, porque ella era una pecadora socialmente conocida. Jesús les contesto “porque a esta mujer mucho se le ha perdonado y ha amado mucho”. Las lágrimas de esa mujer fueron lágrimas de adoración.


En el relato de los evangelios vemos también la tristeza de las mujeres que estaban alrededor de la cruz, quienes lloraron por la muerte de nuestro Señor Jesucristo. Ahí vemos lágrimas por la muerte de un ser querido.


Todas estas lágrimas, aquellas derramadas por la soledad, la nostalgia, el desánimo, por los juicios divinos, aquellas de amor por un familiar que está enfermo, las de adoración, de devoción, o las derramadas por la muerte de un familiar o un amigo, son lagrimas que, en la providencia divina, Dios permite que podamos derramar para liberar las emociones que exceden a nuestro corazón.


Recordemos que una de las cualidades de nuestro Señor Jesucristo mostrando su humanidad es que Él lloró. El versículo más corto de la Biblia se encuentra en Juan 11:35, donde la Escritura dice “Jesús lloró”. Allí, en la tumba de su amigo Lázaro, Jesús tuvo lágrimas de compasión por aquellas personas que se encontraban alrededor de la tumba. Las lágrimas son propias de nuestra humanidad, y nos permiten desahogar nuestro corazón.



Bienaventurados los que lloran


Ahora bien, cuando Jesús dice “Bienaventurados los que lloran”, no se está refiriendo a ninguna de estas lágrimas. Jesús no está hablando del llanto natural. No se refiere a las lágrimas derramadas cuando nos aqueja una enfermedad grave y se nos informa de algún diagnóstico negativo. No hablamos de aquellas lágrimas producto de alguna mala noticia que provoca que el ser natural se entristezca. Jesús no está hablando de las personas que lloran por el fallecimiento de algún ser querido. No está hablando de las lágrimas derramadas cuando nuestro matrimonio no está bien. No son las que derramamos cuando hay conflictos en el trabajo. No son lágrimas producto de dificultades en medio de la comunión de la iglesia. Es más, Jesús no está hablando de las lágrimas derramadas por las consecuencias del pecado. Ciertamente Dios consuela a sus hijos cuando pasan por todas esas situaciones. Pero Jesús no se refiere a ese tipo de lágrimas.


Para entender cuando Jesús dice “dichosos los que lloran”, debemos fijar nuestros ojos en la primera bienaventuranza, porque esta segunda bienaventuranza es consecuencia de la primera. Solo aquellos que son llamados pobres en espíritu, y reconozcan esta condición derramaran lágrimas, pero no lagrimas por las consecuencias del pecado, sino por nuestro pecado, por nuestra condición pecadora.


Solo cuando Dios abra nuestros ojos, quite los velos de nuestra autosuficiencia y de nuestro orgullo, podremos acercarnos al Trono de la Gracia, donde hallaremos oportuno socorro. Allí iremos a Jesús el Justo, iremos a Jesús el Santo, le veremos y diremos como Isaías, en su visión de la gloria de Dios:


¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. Isaías 6:5

En el texto bíblico, el propio Isaías nos relata su visión del trono de Dios. En ese lugar había serafines que declaraban “Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria”. Uno de esos serafines, y ante el reconocimiento de Isaías de su propia condición pecadora, teniendo en su mano un carbón encendido, tocó su boca y le dijo: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”.


Solo cuando veamos la santidad de Dios, lloraremos por quienes somos fuera de Él. Porque solo aquellos que reconocen que son pecadores, llorarán y recibirán el consuelo del Señor. Cuando Jesús pronuncia “bienaventurados los que lloran”, utiliza la palabra más explícita con que podemos denotar lamento. Cada una de las ocho bienaventuranzas habla de una actitud específica del corazón. En la que estamos analizando, Jesús aborda nuestra actitud hacia nuestro propio pecado personal. El apóstol Santiago resalta un principio similar en su carta:


Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará. Santiago 4:8-10

En esta bienaventuranza, el llanto no es solo un toque de tristeza, sino un dolor profundo en el corazón, acompañado de lágrimas por causa del pecado personal. John Stott, en su libro El Sermón Del Monte, hablando sobre esta bienaventuranza, señala: “La verdad es que existen cosas tales como las lágrimas cristianas, y también es verdad que pocos de nosotros las lloramos”.


¿Cuántos de nosotros, en estos últimos días, hemos llorado por nuestros pecados? ¿Hemos llorado porque ya no buscamos a Dios cómo Él merece que le busquemos, con pasión y entrega? Personalmente, esta bienaventuranza me ha tocado mucho, porque ciertamente he llorado muy poco por el pecado. A veces estamos tan ocupados en nuestros propios afanes, que ignoramos auto examinarnos constantemente. Muchas veces apuntamos con el dedo el pecado de los demás, pero muy pocas veces hemos analizado nuestro propio corazón. No se trata de los pecados del mundo o de nuestros hermanos, sino de nuestros propios pecados, como el egoísmo, los celos, las envidias, las murmuraciones o los chismes. Recordemos que todos nuestros pecados nos colocan bajo la ira de Dios, y si no fuera por la sangre de Jesús, nada seríamos. En ese sentido nuestra gloria es la Cruz, la Cruz de Jesús.


Por ello, sólo harán lamento por su pecado los pobres en espíritu, porque solo ellos pueden reconocer que son pecadores que dependen y descansan únicamente en la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Jesús pronuncio una bendición sobre los que lloran, aquellos que están contritos y humillados por su pecado. Sin embargo, hoy en día son muy pocas personas las que lloran por su pecado. Y esto se debe principalmente a que no nos consideramos pecadores.


Al final de su vida, el Apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo, dijo:


Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 1 Timoteo 1:15

En el pasaje anterior, debemos notar algo interesante: Pablo utiliza el tiempo presente para describirse a sí mismo. Él no dijo yo “era” o yo “fui”, sino yo “soy” pecador. Él, después de haber luchado la batalla de fe y corrido la carrera del Evangelio, vio su pobreza en espíritu, y esta era su autoevaluación continua.


¿Y nosotros? ¿Cómo esta nuestra autoevaluación? Tal parece que nos hemos acomodado a la rutina, a hacer lo mismo de siempre, sin conciencia de todo lo que Dios nos ha perdonado y de lo mucho que debemos amarle. John Blanchard, en su libro “Las Bienaventuranzas Para Hoy”, señala: “Ser pobres en espíritu es tener convicción de pecado, y llorar es estar contritos por ello.”


Leamos la oración pronunciada por David, en el Salmo 51:


Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos; Para que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre. Salmos 51:1-5

David había cometido dos pecados: adulterio y homicidio. En el capítulo 12 del segundo libro de Samuel, la escritura relata que Dios envió a Natán para confrontar a David, y le dice:


¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón. Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. 2 Samuel 12:9-10

Nótese que el profeta utilizo dos expresiones contra David. En el verso 9 dice “tuviste en poco la palabra de Jehová”, y en el verso 10 dice “por cuanto me menospreciaste”. David menospreció la Palabra del Señor. Tuvo en poco la ley de Dios, y al hacerlo, menospreció a Dios mismo. Por eso, en el versículo 4 del Salmo 51, David, en arrepentimiento, declara “contra ti solo he pecado”. Él entendió que todo pecado se comete en primer lugar contra Dios y contra su Palabra, su Ley.


Cada vez que pecamos contra nuestro prójimo, primeramente, pecamos contra Dios. Pecamos contra Su voluntad, contra Su gloria. Jamás veremos la gravedad de nuestro pecado, ni lloraremos por nuestro pecado, si no vemos que estamos pecando contra nuestro Dios Santo. Quizás esa sea la razón principal por la que tenemos muy poco dolor por el pecado, porque aún no entendemos que lo cometemos contra Dios mismo. Por eso, una vez que David admitió la gravedad de su pecado, él estuvo profundamente quebrantado y contrito. David se arrepintió de sus pecados, a tal punto de llorar por ellos, y más adelante en el mismo Salmo 51, declara:


Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. Salmos 51:17

Durante el mes pasado recordamos la Reforma Protestante. La primera de las 95 tesis que clavó Martín Lutero en la puerta de la Catedral de Wittenberg declara que “Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo “arrepentíos”, deseaba que toda la vida de los creyentes fuera de arrepentimiento”. Thomas Watson, por su parte, escribió “No hay forma de remar hacia el paraíso si no es sobre la corriente de lágrimas de arrepentimiento”.


Sin arrepentimiento genuino, no hay perdón de pecados. Debemos unirnos al clamor de Job, en el versículo 23 del capítulo 13 de su libro, cuando se plantea una pregunta: “¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?” Y responde: “Hazme entender mi transgresión y mi pecado”. Debemos unirnos a la afirmación de Isaías frente a la conciencia de pecado, cuando declara en el versículo 12 del capítulo 59: “nuestros pecados han atestiguado contra nosotros”. Y unirnos en sobremanera a la súplica de David al Señor, en el versículo 2 del Salmo 51 cuando declara “Límpiame de mi pecado”.


Nuestra seguridad radica en las palabras que el apóstol Juan escribe en el versículo 7 del primer capítulo de su primera carta: la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Grabemos, pues, las palabras de Jesús en nuestros corazones: “Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados”.


Para finalizar quiero entregar un mensaje para tres grupos de personas. Primero, aquellos que aún no conocen al Señor. Segundo, para aquellos que son Hijos de Dios, y que están pasando por momentos difíciles en su ser interior hasta el punto de derramar lágrimas. Tercero, para la iglesia en general.



Amigo que aún no conoces al Señor, y que escuchas el mensaje del Evangelio:


Aun está abierta el arca de salvación. La puerta está abierta de par en par. Ven a Cristo. Hoy es el día de tu salvación. Cristo murió por tus pecados.


En una ocasión Jesús hablo en medio de la gente y sus discípulos, y realizo la siguiente pregunta:


¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? Marcos 8:36

Puedes pensar que tu estatus social, tu dinero, tu profesión o tus propias fuerzas valdrán algo en el día del juicio. Lo cierto es que nada vale si no tienes a Cristo, y si Él no habita en tu corazón. Quizás eres la oveja perdida: Cristo te está buscando. Quizás eres el hijo prodigo: Cristo te recibe. Si vienes a Él en arrepentimiento por tu pecado y en fe solamente confiando en Cristo, ten por seguro que el Padre te recibe en su hogar. Y estarás en el lugar más seguro del Universo. Estarás en la persona de Jesucristo. Él tomo tu lugar en la cruz del Calvario, y recibió la ira de Dios en tu lugar. Él vivió la vida que tú tenías que vivir, y murió la muerte que tu mereces. Por los méritos de Cristo ahora tienes entrada libre y gratuita al trono de la gracia de Dios. Ven a Cristo, mientras pueda ser hallado.



Aquellos que son Hijos de Dios, y que están pasando por momentos difíciles en su ser interior hasta el punto de derramar lágrimas:


Me gustaría citar una frase del predicador, mártir y espía alemán dentro del ejército nazi, que fue descubierto salvándole la vida a miles de judíos y fue condenado a la horca, Dietrich Bonhoeffer, quien escribe en el libro “El Costo Del Discipulado”:


“Los cristianos soportan la pena en compañerismo con el Crucificado; están como extranjeros en el mundo en el poder de Aquel que fue tan irreconocible para el mundo que lo crucificaron. Este es su consuelo o, mejor aún, este Hombre es su consuelo, el Consolador (Lucas 2:25). La comunidad de extranjeros encuentra el consuelo en la Cruz; son consolados al ser arrojados al lugar donde el Consolador de Israel los espera. De esta manera, encuentran su verdadero hogar con su Señor crucificado, tanto aquí como en la eternidad.”

Hermanos, reciban el consuelo de Aquel que fue llamado, según la profecía de Isaías 53, varón de dolores, experimentado en quebranto”. Iglesia, recibamos el consuelo del Único que puede darnos consolación en nuestras tribulaciones. Recordemos siempre que es necesario, que “por medio de muchas tribulaciones entraremos al reino de Dios”. Reciban consuelo de Cristo, quien según Hebreos 5:7, “en los días de su carne, ofreciendo ruegos y suplicas con gran clamor y lágrimas al que le podría librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”. Cristo, que ahora intercede por nosotros en el cielo como nuestro abogado defensor frente al Padre”.


Y para este grupo de hermanos que sufre y derrama lagrimas por la causa de Cristo, o que derrama lagrimas por luto, por enfermedades, o por situaciones adversas, quiero recordarle una promesa del Señor, en Apocalipsis capítulo 21, donde Dios promete enjugar toda lagrima de los ojos de sus hijos, en su presencia eterna.



Iglesia en general


Haríamos bien en considerar las palabras del apóstol Pablo, cuando escribe en Romanos 12:15 “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran”. A final de cuentas, cuando un hermano se encuentra postrado en cama, en un hospital, no espera a alguien que domine la doctrina, a un Doctor en Divinidades o a un Máster en Consejería, sino a un hermano que llore con él sus penas, que lo abrace, que le hable del amor de Cristo y que comparta su tristeza, pero afirme su confianza en el Señor. Que le hable de la esperanza eterna y de la gloria que le espera. El Señor nos enseñe a llorar con los que lloran y sufrir con los que sufren.


El cristianismo sin lágrimas es evidencia de un cristianismo muerto. Porque los muertos no lloran, sino aquellos que están vivos lloran por los muertos. ¿Cuántos de nosotros hemos llorado por la condición de la iglesia? ¿Cuántos hemos llorado por el pecado de nuestra nación? ¿Hemos llorado por causa de nuestro propio pecado? Pablo y los profetas eran muy diferentes a lo que hoy en día llamamos cristianismo.


Por tanto, velad, acordándoos que, por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. Hechos 20:31

Reflexionemos en la oración de un antiguo hermano, quien en un Libro de Oraciones, oraba así:


"Lloro, Señor, y me lamento. Lloro, pero es porque no puedo llorar ni lamentarme como debería. Si pudiera llorar como debería, me consolaría. Si pudiera llorar, me alegraría. Si pudiera suspirar, cantaría. Si pudiera lamentarme, viviría. Pero me muero. Muero, y mi corazón muere dentro de mí, porque no puedo llorar”.
“Lloro, Señor, pero no por el pecado. Lloro, suplico por lágrimas por causa de mi pecado. Yo lloro, Señor, mis calamidades lloran, mis huesos lloran, mi alma llora, mis pecados lloran, Señor, por un corazón roto. Pero, todavía no estoy quebrantado. Las rocas se rompen, la tierra tiembla, los cielos caen, las nubes lloran, el sol se sonroja, la luna se avergüenza, los cimientos de la tierra tiemblan ante la presencia del Señor. Pero este corazón no se rompe ni tiembla”.
Si tan solo tuviera ¡un corazón quebrantado! Si así fuera, harías tu voluntad en mi corazón. ¿Qué sería imposible, si mi corazón fuera sensible? La obra sería fácil. Los dolores serían un placer. Las cargas serían ligeras. Ni los mandamientos ni la cruz serían severas. Nada sería difícil excepto el pecado”.
“¿Dónde estás, miedo? Ven y rompe esta piedra. ¿Dónde estás amor? Ven y descongela este hielo, ven y calienta este cuerpo muerto, ven y haz crecer este espíritu pobre. Entonces andaré en el camino de tus mandamientos. Acepto todo lo que es tuyo, tanto tu yugo como tu cruz. Te acepto, Señor, tu amor y lo que quieras. Señor, si me amas, déjame amarte. Te buscaré hasta que pueda verte. Déjame ver, hasta que pueda amar”.
“¿Qué tengo aquí, señor? Mi todo está contigo: mi ayuda, mi esperanza, mi tesoro. Mi vida está escondida con Cristo en Dios. Sin embargo, esto no es nada para mí, mientras que mi corazón no esté contigo. Tómalo, Señor, tómalo. Que donde esté mi tesoro, allí también esté mi corazón. Amén”.
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